De Agorafobia

Estoy volando de Buenos Aires de regreso a Guatemala. Me puse mis audífonos y empecé a escuchar música. Venía oyendo un poco del pintor español Luis Eduardo Auté, muchas de sus canciones son provocativas como cuando uno se toma una botella entera de vino pero no llegan a ser como cuando uno se toma dos.

Luego, no se qué botón apaché y empezó a sonar música de Elton John. “The Way You Look Tonight” (La forma como te vez esta noche) sonó; es una canción en honor a la Princesa Diana. La canción es tan cariñosa, cada frase describe una suavidad, una belleza, una sencillez deslumbrante.

En medio de la canción quise llorar. Me puse a pensar que Elton John demuestra un conocimiento acerca de la belleza que muchos cristianos no podemos ni imaginar llegar a tener. La gracias y delicadeza con que Eltoncito describe a Dianita haciendo alegoría a la belleza se acerca mas al libro de Cantares que cualquier canción cristiana que se ha escrito (por lo menos que yo halla escuchado)

Pero la razón que me revolcó las emociones The Way You Look Tonight, es porque me puse a pensar que así es cómo Jesús mira a su Iglesia, a su novia, a su “Princesa Diana”! Elton le robó la idea a Jesús. A Juan, el que escribió Apocalipsis, se le olvidó incluir cómo, cuando Jesús mire a su novia sus ojos se llenarán de aguaita de amor y de sus labios se derramarán las palabras, “. . . la forma en que te vez esta noche” y empezará a cantar con Elton al piano!

Escribo esto porque quiero darles otro pedacito de Agorafobia. Tal vez muchos no entiendan este capítulo, pero se que los que sí lo entiendan sabrán bien de lo que estoy hablando. Porque de veras, no hay princesa como la Iglesia, nadie se mueve como ella, nadie baila como ella, nadie se ve como ella se ve!

Les advierto, que rompiendo toda regla de cómo publicar en Internet, está larga la lectura, pero igual, es sólo para los que les interesa, no estoy en ningún concurso.

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Mi Dulcinea:

Los débiles y los que no tienen imaginación te ven como ven la realidad: aburrida, material y muy ordenada en tu trabajo.
Algunos te ven como una vieja arrugada y encorvada que no sabe nada de la vida.
Otros te utilizan para sus propios fines. Es como si no pudiendo hacer nada más en la vida, se acercaran a ti para que los mantengas y les des posición social en El Toboso. Quieren que los elijas gobernadores de tu reino y después desean que los sirvas, cuando tú, siendo la princesa más bella, eres la que merece ser servida.

Nadie cree en mí ya. Yo creo en ti.

Hay unos que te quieren elegante, como para un baile de gala. Que uses siempre tu vestido de noche, aquel que te regaló el general. Largo hasta avergonzar al más fino suelo, traído de tierras lejanas. Blanco como tu corazón, con unas vetitas negras que cuando bailas lento destellan rayitos que parecen diamantes. Ese vestido deja ver tu espalda, digna de la envidia de Miguel Ángel.

Quieren que uses tu collar y tus aretes de perlas negras, cada una con su nombre, contando su historia, alardeando de colgar ahí. Cuando usas una pizca de tu perfume preferido, llenas el salón de baile con aromas del Líbano: bouquet de frutos suaves, flores de alheña, nardos, azafrán, caña aromática y canela.

Te quieren elegante para los elegantes, para las fiestas de sociedad y abolengo, porque piensan que la elegancia es santa, no saben que tú eres quien hace santa a la elegancia. Y cuando entras a la fiesta caminando regia, todos al verte sabemos que eres Dulcinea porque caminas como si fueras dueña del mundo y bailas como si fueras dueña de la luna; no hay nadie como tú. Ninguna otra puede atrapar en un solo suspiro todo el oxígeno del gran salón de baile al deslizarte suave y silenciosamente sobre la corriente de aire que siempre te acompaña.

Los gigantescos candelabros de cristal puro envidian a tus ojos humildes y silenciosos que guardan en su luz la misteriosa historia que pasa del dolor a la alegría, del adulterio a la inocencia. Te quieren elegante. Aunque tú eres la que hace elegante a la elegancia, no necesitas la elegancia para ser quien eres.

Otros te quieren como siempre. Nunca te han conocido diferente. Su imaginación, siempre carente, piensa que eres como eras y que serás como siempre has sido. Te ven como la señora formal, mi Dulcinea. Nunca ríes, nunca juegas. Nunca haces travesuras porque eres seria, y nunca sonríes como Mona Lisa porque dicen que no conociste la picardía.

Con ellos, formalmente caminas hasta el centro de la imponente basílica como en cortejo real al compás de una música que a veces ni a ti te gusta. Pero siempre humilde y condescendiente, mi Dulcinea, sonríes a la orquesta y mueves la cabeza en aprobación del coro.

Las voces, imitando a los ángeles, cantan una canción que escuchaste una noche de brujas en una pequeña cantina de Alemania mientras tomabas cerveza con su autor, ese alemán algo subversivo e instruído que te amaba. Esa noche, hablaba de casi cien cosas que soñaba con cambiar de ti; tú accedías riendo y llorando con él.

Te quieren seria y formal para los serios y formales. Desean tener el orgullo de conocerte como la dama, la que toma el té a las cinco con tanta aristocracia que hace que la reina de Inglaterra se sonroje al aprender de tu postura. Y allí, en medio de la solemnidad reverente, brillas con sencillez y recato. Y es que eres Dulcinea del Toboso. Eres formal y seria para ellos . . .

Nadie cree en mí ya, yo creo en ti.

Están también los que te ven como estrella de cine o artista musical. Pretendiendo hacerte más grande que Hollywood, proyectan tu imagen en pantallas que enanan al edificio más alto. Te ven usando lo último de la moda mientras pasas de la pasarela al escenario. Las luces, adictas a tu sonrisa, no dejan que desaparezcas tras la millonaria explosión de cámaras que disparan para saciar su necesidad de estar cerca de la dama, la fama y la lana.

Cantas, actúas, haces drama y escribes novelas. Tienes tu asesor de imagen, una peinadora, mánager y página web. ¡Eres maravillosa! ¿Quién como tú?

Te ven en la ciencia, en el arte, en los juegos de vídeo y hasta en el cine independiente. Aguantas un rato el bullicio de lo relevante y el colorido de los vídeos. Igual, terminas el día amando a los que así te aman porque así te aman. Yo, yo te quiero como eres.

Y me dicen que no soy quien digo ser. Pero yo sé quién soy. Me dicen que no eres quien pienso que eres, pero yo te sueño, te nombro y te traigo a la realidad. Yo soy el que ve lo que realmente eres. Me apasiona soñar contigo.

Cuando lleno mi corazón de ti, mi querida Dulcinea, me parece que todo es posible. No hay gigante que me aguante ni desierto que se oponga. Por ti, mi Dulcinea, hasta la muerte.

Unos hay que te ven con el pelo pintado de colores indescriptibles y con metales protuberantes cuasi precisos en tu nariz, en tus labios y quién sabe dónde más. Te hacen escuchar música estridente y de la que dicen que mata a las plantas. No te ven bailando ni danzando. Te ven brincando, desenfrenada como si un fuego te quemara. Y ese escándalo lo haces ver tan santo que hasta el tiempo se detiene ante tu presencia para permitir que cualquiera baile contigo, porque para eso existes . .

Y no te dejan ni te sueltan los que te llevan al club, a la discoteca y al antro. Y vas con ellos con gusto y emoción. Vibras llena de energía santa en medio de otros que pudiendo ser como tú, han escogido ser distintos. No te ofende ni te enoja, te entristece, pero el amor puede más y regresas a la pista de baile con hijas, las que allí te han llevado. Pasas la noche saltando, gritando y soltándolo todo hasta el amanecer; ese amanecer que fue hecho para ti, mi querida Dulcinea, ese Sol, esa Estrella de la Mañana es lo tuyo.

Y están aquellos que ni saben que eres Dulcinea. Te viven y te sienten todos los días. No saben que puedes existir; sin embargo, sus vidas son mejores porque existes. Te encuentran con facilidad sin buscarte y sin preguntar por ti. Es como si vivieran en ti, mi querida Dulcinea. Te aman y ni saben que te aman. Yo, yo te quiero como eres.

Loca, elegante, formal y apropiada, sea como fuere que te miren, para mí, eres mi querida Dulcinea, y yo seré tuyo hasta la muerte.

Me dicen que estoy loco y que soy un soñador. Sí lo soy. Entonces insisten en que me someta a la realidad y al orden de las cosas. Pero tú, mi Dulcinea del Toboso, me desordenas los pensamientos y me alborotas mis sueños.

Muchos otros te ven como te quieren ver: vieja, arrugada, amargada, pasada de moda y llena de imperfecciones, pero yo comienzo mis cartas con el corazón en la mano: «Mi querida Dulcinea», porque sigues siendo ese alguien para mí. Nada te puede quitar eso, eres mi querida Dulcinea.

¡Qué dolor amarte!

¿Quién ordena este terrible dolor que adoro y siento? Tal vez el único que te puede amar más que yo. Él es otro Autor, el de toda literatura. Y toda literatura existe porque es la única prueba de que la realidad existe. Él es el dueño del significado y del sentido. Es la misma Palabra la que escribe y la misma Palabra que se escribe. Es sujeto y predicado. Otro autor está equivocado, este no solo es verbo, también es sustantivo. Solo alguien así te puede amar más aunque no existas, y si no existes escribe de ti para traerte a la existencia y así amarte y dejarme amarte.

Traté de olvidarte una y otra vez, y me sentí como Borges, pues hubo noches en que me creí tan seguro de poder olvidarte que voluntariamente te recordaba. En otras, me sentí como Cervantes, mi imaginación enloquecía.

Mis amigos y los que gobiernan los pueblos me han tomado preso para llamarme al orden y la cordura, pero puede más mi locura. Aunque solo y solitario, yo embisto a los gigantes con la seguridad de que es por ti. Si me trae la muerte, la muerte será. Tú lo vales mi querida Dulcinea, soy tuyo hasta la muerte.


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